EL AUTOGRAFO COLOMBIANO
Lo peor del amor es cuando acaba,
cuando al final de los puntos finales
no les quedan dos puntos suspensivos
Joaquín Sabina
Los cuentos de amor son cuentos sobre cualquier cosa, cualquier cosa en el mundo, en el infinito, en el universo, más allá, o aquí en la esquina, en cualquier lugar visible o no. Digamos que este es también un cuento de amor, aunque para serlo tiene pocas de las estructuras de las que hablan lo “maestros” pero como no lo mandaré a ningún concurso y seguramente usted “hipócrita lector, mi amigo” lo leerá con el afán y la displicencia que caracteriza la vida humana-colombiana, me tomaré la licencia de escribir este NO cuento, de NO amor.
Esa frase de los puntos suspensivos de Sabína me da vueltas todo el tiempo, no se si es una buena frase, o un contentillo, no se como debo tomarla, pero la repito como oración, al igual que otras tantas, digamos que nunca he sabido que es lo mejor con el sentimiento, pero ahora tengo los suspensivos tatuados en mi espalda, no se trata del nombre de alguna conquista, ni estuve viajando en un barco por el caribe, ni unos meses en prisión, ni son mis amigos una pandilla de harlystas consagrados a la carretera, de hecho todos, tomamos siempre el servicio público, y el viernes en la noche (de las velitas) de camino a esa rutina, entrados en copas y risas, bajábamos por la 27 con tercera, en ese barrio bonito que es La Macarena, hablando de las cosas habituales, inútiles, muy de nosotros, un poco de mujeres, otro poco de los últimos discos de nuestras bandas favoritas.
Fabián, Darwin, Mario, Luís, y yo caminábamos a relativa distancia, en parejas, a veces al paso de algo que llamara nuestra atención nos uníamos para conversar sobre el hecho o la persona que hubiera atraído nuestra curiosidad, la noche se había portado bien, lo que significa que aun estábamos todos vivos y completos.
Llegando a la calle quinta yo venía solo, caminando, recordando un par de restaurantes donde hace un año pasé alegres momentos con mi amiga Elvia, mientras Fabián, Darwin, y Luis estaban unos 50 metros atrás mió, Mario por su parte caminaba muy adelante, en la esquina de la quinta apareció una pareja de jóvenes, que caminaba en sentido contrario al mío, venían discutiendo, él le golpeaba, ella lo esquivaba, él se le lanzaba encima una vez más, el habitual forcejeo de una pareja de novios, la relación típica colombiana, trago, viernes, discusión, malos tratos, y en fin, la cadena alimenticia completando su ciclo de inefable violencia. Cuando pasaron a unos metros míos, yo que tengo algún complejo de velar por los intereses de los menos favorecidos, alcé mi voz en un asonante reclamo contra el joven que ultrajaba a la señorita en cuestión.
Después de eso lo único que recuerdo es a ella tapándome con su chaqueta blanca la cara mientras el desenfundaba un cuchillo, y yo llamaba a mis amigos quienes se aprontaban al baile nocturno de las puñaladas y de entregarle la vida a cualquier hijo de vecino por nada, por todo, por lo mismo, por Colombia, por la fatalidad de nacer en esta tierra del olvido. Solo nosotros estábamos desarmados, y solo yo no podía ver, luego vino el calor en mi espalda, las figuras que se desvanecían en mi mente, la imagen de Luís corriendo tras mi agresor, la mujer haciéndole frente a los golpes que él le lanzaba, y los ruidos imperceptibles de la ciudad metiéndose por mis oídos como más cuchillos que venían a por mi.
Gracias a Luís fue capturado el delincuente, y gracias a la policía puesto en libertad minutos más tarde, mientras yo me debatía la vida en el CAMI de La Perseverancia, donde para ser consecuente con la frase popular “subí de a pie y bajé en ambulancia”
No se cuento tiempo pasó, ni cuanta sangre perdí, ni cuantas veces recordé desde el asiento de atrás de una patrulla y luego de una ambulancia, las veces que he dicho que Colombia es el peor país el mundo para vivir y el más eficiente para morir, y cosas como esa, mientras evitaba mancharle las manos a mi amigo con la molesta tinta roja que brotaba copiosamente de mi espalda saliendo a gruesos hilos entre mi camisa y un saco que compré años atrás en Quito, no recuerdo ahora la canción que empecé a cantar sé que era de Fito, quise acordarme del pasado, de cantar en una patrulla como una forma de no perder la libertad, quise un poco de güisqui cuando me pasaron a la ambulancia, pero eso solo ocurre en las novelas colombianas, me contenté con la lealtad de mis amigos y muchas, muchas luces rojas dando vueltas sobre mi cabeza y las voces de un par de estudiantes de criminalistica, que alimentaban con mi herida el morbo de sus vidas, parafraseando lo que recordaban de Lombroso, era graciosos escucharlos, a medias luces, buscando esclarecer los hechos que tan claros estaban. Sí, la sangre es escandalosa, “el criminal es un tipo malo” que grandes estupideces dice Lombroso, cuando aquí todos sabemos que los criminales somos todos, y sus patrones sirven para nada.
Luego fui trasladado al hospital donde nació mi novia, y me atendió una doctora caleña que atendía al mismo nombre de ella, Liliana Aponte, me salvó la vida su acento a chapus, y su tono a canela, el recuerdo de un sorbete de guanábana en la sexta a las dos de la tarde, me salvó la vida acordarme de Cali, de la iglesia donde me bautizaron, del Parque de la Caña y de los mayorcitos de la orilla del río, que cantan en la tarde las canciones de Goyeneche y Julio Jaramillo, me salvó la vida, las ganas de vivir, en este país hubiera sido cobarde morir de una sola puñalada, hubiera despertado risas en el velorio, y mis fieles amigos no hubieran tenido mucho tema de conversación.
Salí del hospital a las 5 de la tarde del día siguiente, pensado no se por que en mi piano, en las velas que dejé de encender, y en que tal vez aun no es el momento para dejar esta tierra colombiana de apones y sobrevivientes, quizás deba hacer más cosas aun para que cuando muera pueda resistirle a los críticos y por fin mis escritos sean tomados en cuanta como una confirmación de vida, digamos entonces que la muerte estaba ocupada con los últimos quemados de la noche de las velitas, digamos entonces que no era mi momento que gané por doble u el partido, digamos que el autógrafo colombiano que me quedó en la dorso son los tres puntos que me cocieron, los mismos de los que habla Sabína, los puntos suspensivos, del amor o el odio, que en este país terminan siendo siempre la misma cosa.
Larry Mejía.
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3 comentarios:
Me parece un texto muy bueno, porque lo escribí yo, además porque me ocurrió a mi, de verdad que escribo muy bien cuando tengo mal genio.
Felicitaciones hombre viejo Larry.
Mi nombre es Larissa, conocí a Larry durante el séptimo encuentro de poesía de la Universidad de Carabobo, en Valencia, Venezuela. ¿Cómo puedo comunicarme con Larry?, ¿escribirle, enterarme si lo han publicado? Me gustó su poesía y quiero leer más. Mi correo es larissag_28@hotmail.com, si alguien sabe como ponerme en contacto con Larry por favor, háganmelo saber. Gracias, buena anécdota o, NO CUENTO.
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