El Grupo Marasmo: los poetas colombianos de Mayo de 1968
En 1970, a raíz de los sucesos de Mayo de 1968 en Francia y otras partes del mundo, incluida Colombia, el ex ministro de Gobierno y de Educación del gobierno conservador y frentenacionalista de Guillermo León Valencia, Doctor Pedro Gómez Valderrama, padre del actual Director de la Casa de Poesía Silva, Doctor Pedro Alejo Gómez, presentó en las Lecturas Dominicales de El Tiempo un grupo de artistas, del que hacían parte un pintor y dos poetas, desconocido entonces como Marasmo. Asombra, no sólo la clarividencia del narrador y miembro del grupo Mito, admirador de Borges y firmante de los decretos que ordenaron los bombardeos de Marquetalia y Rio Chiquito e implementador del Plan Attcot para la abolición de la historia y la poesía en la educación primaria y secundaria de Colombia, sino el acierto al elegir los poemas de los vates presentados, hoy sumamente reconocidos como grandes líricos nacionales por su hijo y por colegas suyos como Josemario y Roca Vidales.
Difundimos con orgullo patriótico su presentación, los espléndidos poemas de Urrego y Valdés y la foto que les muestra en plena juventud. Nada más justo, ante tantas certezas.
Dice Ezra Pound: "No se tienen ojos en la nuca. No creo que haya habido ningún hombre que fuera capaz de criticar a los que vinieron después de él". Esa verdad no exime de pensar, de tratar de comprender lo que en esta época piensa y siente la gente joven.
La semana francesa de Mayo de 1968 logró que el mundo mirara en otra forma la actitud de la juventud en el mundo. Ciertamente se han escrito ríos de apreciaciones de todos los matices; se ha intentado plantear todos los problemas. Con una circunstancia curiosa, y es !a de que los menos oídos han sido los protagonistas, la juventud.
Los términos del dilema se plantean en forma bien extraña, porque son planteamientos que, como el agua del río, no son iguales al día siguiente, porque los actores cambian de edad, y actúan precisamente en la época en que ese cambio es más rápido y notorio, la juventud. Ya hoy los personajes de la semana de mayo se preparan, seguramente, a entrar en el apacible reman; so de la burguesía de que tanto se enorgullece el espíritu conservador de Francia. Y seguramente a la vuelta de diez años no se encontrará uno que no esté dispuesto a reaccionar de ácida manera contra quienes aspiren a promover algo semejante.
Al lado de esta circunstancia, hay de otra, tan comentada, de la prolongación de la vida, que hace que al lado de la juventud el ejército de los viejos permanezca —tal vez con una mayor estabilidad— considerablemente aumentado. De modo que, a primera vista, aumentan el agua y el aceite. Pero al paso del tiempo los del primer ejército comenzarán a engrosar el segundo, a la vez que el primero se ve acrecido por gente nueva.
Hace unos años, un escritor francés, Marcel Aimé, escribió un cuento sobre, la rebelión de los niños, en el cual estos, dominadores del mundo por su número, se posesionaban de la dirección de él. La única salvación estaba en que poco a poco fuesen envejeciendo. Contrariamente a esto, un decoroso amigo, hombre brillante y ya en la cumbre de la madurez, me decía un día que pensaba necesario que se hiciese la revolución de los viejos.
El problema, en términos biológicos, es producido por el siglo XX, por la explosión demográfica, la filosófica, la social. Pero puede plantearse en términos filosóficos, económicos o políticos. El hecho es que cada día el divorcio es más hondo entre la juventud y la sociedad en que vive, la "sociedad carnívora" de Marcuse. Que el impulso de reforma, de renovación, mejor aún, de revolución contra lo ' anterior, está cada vez más arraigado, y suscita una mayor convicción en los jóvenes.
La especulación un tanto baldía sobre las razones de la actitud se ve altamente entorpecida por las generalizaciones. La “protesta", —palabra sagrada de la época actual — es víctima de la generalización, hasta el punto de que viene a ser considerado igual el muchacho que protesta en una Universidad americana contra el Vietnam, contra los fenómenos de su sociedad de consumo, o el protestante francés contra las estructuras aceradas de la burguesía, que aquél de cualquier país del tercer mundo que plantea su angustia y su desacuerdo contra los males y las tragedias del subdesarrollo. Ciertamente, existe un denominador común en la protesta, y éste lo forma la juventud, cambiante y distinta, que puede predecirse que en el curso de los años próximos van a verse cosas inesperadas y desconcertantes. Y en ese denominador común hay un sentimiento impreciso de reacción a la injusticia, de rebeldía, de desacuerdo. Pero como se dice las "motivaciones" no son siempre las mismas, y posiblemente en eso estriba el error de la mayoría de las interpretaciones.
Cuando los estudiantes europeos y norteamericanos no soñaban en protestar ya los latinoamericanos llenaban las calles. Después, al surgir la protesta en el seno de la "sociedad opulenta" parece como si esta hubiera absorbido la anterior. Pero no por ello dejan de ser diferentes si se quiere estudiarlas racionalmente. Para lo cual no queda mucho tiempo: el único que queda es aquél en que ellos puedan conservar el título de juventud, antes de llegar a una madurez frustrada.
Dentro de este planteamiento, en esta situación, en que se quiere comprender pero no se han acumulado los elementos suficientes, creo más que útil buscar el dato de la creación artística, que es la máxima posibilidad de comprensión. Es conveniente y necesario que se conozca lo que en forma seria y honesta se está creando en los medios juveniles. Me- parece necesario buscar esas claves. Acorde con este propósito, se presentan aquí obras de un grupo joven, que se encuentra en esa etapa de búsqueda de nuevas expresiones para traducir su visión del mundo. El mismo nombre del grupo —"Marasmo"— denota el conflicto entre lo que ven en torno suyo, entre la imposibilidad de dominar el medio denso, y lo que quieren" expresar. La escogencia, por otra parte, se hace en razón de la calidad literaria y artística. Los poemas de Igor Iván Valdés, y de Gustavo Urrego, así como la pintura de Fabio Rodríguez Amaya, a la vez que responden a una situación, representan valores de creación individual que los distinguen y destacan.
Considero que el conocimiento de la obra de estos nuevos artistas dará una clara apreciación del mundo en que se mueve su sensibilidad. Uno de los integrantes del grupo, Mario Salazar, ha dicho: "Consideramos que tan solo se puede hablar de un arte de compromiso cuando el artista "comprometido" muestra o refleja en cierta forma en su obra la -situación concreta del ambiente que vive o con el que convive, es decir, cuando refiere su universo artístico a los hechos como expresión de las ideas".
Los tres tienen un aspecto común dentro de una sinceridad digna y honrada: No temen tratar los temas angustiosos, problemáticos, ulcerados de la vida social, y enjuiciarlos con franqueza. No hay divorcio en la consideración de los valores estéticos y los sociales, y más aún, el arte llena una función, sin pertenecer a la clasificación de arte comprometido del pasado, pero sí con ese honorable compromiso que se acaba de describir en la transcripción anterior.
Creo que Valdés y Urrego los poetas que hoy se presentan, realizarán una labor futura que coincidirá ampliamente con lo que se anuncia en su creación actual, en lo literario, con su correspondiente y adecuado tratamiento en la pintura independiente y atractiva de Rodríguez Amaya.
Pero, además de la calidad intrínseca de su obra, que la hace merecedora de estudio y comprensión, no debe olvidarse que ella es traducción del pensamiento, de la inquietud de una juventud que vive hondamente los problemas de su mundo presente y futuro.
Pedro Gómez Valderrama
Donde se posan mis ojos se posa el hombre
Donde poso mis ojos, se posa el hombre
y abre de inmediato sus gestiones heliotrópicas.
Si miro arriba, arriba nace un hombre,
si atrás, me persigue la Historia,
si adelante, miro con placer al visionario,
al profeta, al precursor, al loco heroico.
Donde impongo las manos,
allí se impone el hombre con su tropa.
Si camino la bota, si persigo, si descubro,
el hombre llega instantáneamente
y reside con precisión en mis actos.
También cuando llego y moro en la mujer,
ella me despide a mí, recibe al hombre.
De manera que en el lugar
donde mi corazón se cierna
o que mi pecho se apropie
o que mi pubis atraviese,
se inmiscuye el hombre,
lanza sus lazos de nylon,
sus manos de robot,
sus gérmenes electrónicos y radiantes
para reinar en mi tarea
y dominar mi gesto animal avasallante.
Elegía metropolitana
De ir al lavamanos me daba la tristeza,
lo mismo por montarme en el avión,
por caminar al atardecer con mi gabán,
por salir de cine el último me daba la tristeza ,
al sentir ese aire pesado de risas y tensiones
que comienza a caer como un rescoldo
de oportunidades canceladas o perdidas.
Me ungía de sociedad, me bañaba
con un jabón bien anunciado,
asistía con asiduidad al certamen,
al concurso, a los salones y funciones,
pero cada vez me repetía más hondo
en esa tristeza metropolitana de las siete
de la noche sin saber a dónde ir.
Y si miraba los anuncios de neón
me parecía que anunciaban mi tristeza,
si observaba solamente sus guiños
era como presenciar en un cine
mi propio llanto callejero y emboscado.
Entonces me paraba en una esquina
y sentía a mi alrededor cómo se desenvolvía
el mundo de la principal avenida,
cómo iba la gente como piedras de molino
moliéndose unos a otros en los andenes atestados,
dejando un caldo de fricciones a su paso,
un lento caldo de piñones que se pulen,
una sopa negra de sudores exprimidos
y de prisas exprimidas y de cansancios populares.
Lo que me hacía sentir que la gente y yo
éramos ya muy lejanos, ni siquiera semejantes,
y que la tristeza de las multitudes es una herencia,
un microbio abstracto que se prende en la calle.
Igor Iván Valdés
Si vienes hacia mí
Si vienes hacia mí esconde los puños.
Frente a mi espejo, uno que se me parece
monopoliza el espacio
mientras respira.
Los ojos bifurcados, disidiendo,
en la mirada, los minutos,
paralelo sin ser yo mismo,
se aproxima y habla.
Si vienes hacia mí esconde los puños.
En la calle, mi vecino,
el mendigo de ademanes leprosos,
el perro que chorrea las esquinas,
los que caminan,
el que se esconde
en la penumbra del hurto,
el que se avergüenza de sus harapos,
el que predica desde la cólera de otros,
los que vuelven la espalda,
los que pierden la vida en las ruletas,
los que depositan su miseria en cajas fuertes,
la que moldea su sexo al caminar,
la que oculta su pecado en un rosario,
la que ofrece y trueca, la que hila
el retador y los que huyen,
los que enseñan los dientes
y esconden la sonrisa,
los avaros que ríen hacia adentro,
los que callan y no oigo,
los que tiritan y no veo,
los que conozco y reconozco en el encuentro,
todos aquellos que sin sospechar presiento
y aún éste que se para frente a mi espejo
para usurparme la figura, '
todos que me han de decir lo mismo.
Si vienes hacia mí
esconde los puños.
Vuelve la mejilla, ofrécela, vuélvete
y si tienes la verdad
ocúltala, esconde los puños.
Canción sangrante
Aún más debo decir sobre la herida
que escindió a mi pueblo:
mi padre en la penumbra de la muerte,
mi madre abortando sus quejas,
mi hermano asesinándose en mí, aquella gente del ayer,
pacífica, ensombreciendo el cielo
con sus pesadillas de acero y fuego,
mi pueblo quebrantando las alianzas,
mi pueblo enterrando para siempre
su. fe, su fe desmoronada, que ya no
reconcilia mi palabra.
Mi pueblo en la queja
del puñal
y el grito del fusil,
violando la tierra
en incestuoso ademán.
Y aún más puedo decir: repudiar a mi amigo por indolente
y negarme el amor que me hace blando;
convertir en rito mi clamor
y aún más gritar
hasta quedar exhausto, seca la garganta,
las manos recortadas
y este dolor como última penitencia,
¡Y aún más! Aún más!
¡Hasta que ya no pueda más!
Gustavo Urrego Ávila
Lecturas Dominicales de El Tiempo, Bogotá, 9 de Agosto de 1970, página 4